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  • Soledad

    “¡criaturas de un día! ¿Qué es alguien? ¿Y qué es nadie? El hombre es sueño de sombra. “

    Píndaro 

    Uno de los momentos importantes al inicio del camino mágico trata de elegir un nombre con el que nos identifiquemos. Una palabra que defina nuestra esencia o nuestro propósito en la vida. Yo elegí «Shadow» con 13 años y me atreví a firmar así en mi DNI, años después, gracias a un viaje a Alemania a los 23, se convertiría en «Schatten», y así es cómo sigo firmando. 

    Mi firma la componen dos estrellas: una bien asentada al suelo y otra en ascenso como bien le gustaría al Gran Gatsby. El tiempo dirá si me convierto en constelación o acabo estrellada,jajaja. 

    Al llegar a la adolescencia solemos buscar  nuestra identidad más allá de lo que nos han intentado imponer nuestros padres o amigos. Yo elegí la escena gótica porque encajaba con mi manera de ver y estar en el mundo. Seguía atada a algo ajeno pero era el mejor escenario donde poder sentirme libre, yo misma.

    Era muy sensible y todo me afectaba de tal manera que no comprendía como los demás podían ver el telediario sin soltar una lágrima. 

    Me dolía la existencia y mi modo de soportar el dolor era vestir de luto y refugiarme en la poesía y el arte. A esos autores que habían sentido lo mismo que yo siglos atrás les agradecía enormemente que lo hubieran dejado por escrito. Ya no estaba sola. Alguien podía comprenderme. Seguía siendo rara pero no la única. 

    Empecé a escribir poesía con 13 años, lo cual me ayudó en gran manera a expresar y dar salida a todo el caos de sentimientos que se arremolinaba en torno a mi joven e inexperto corazón. 

    Pero no todo eran lágrimas y penas, detrás de esa cortina de soledad, incomprensión y anhelo había una pequeña fiera que quería explorar por sí misma el mundo y que le daba igual quien se pusiera por delante. 

    Eso me hacía sentir viva de verdad, conociendo el mundo a cada paso y con cada golpe de página. Los libros siempre me acompañaron y tuve un compañero aún  más especial : El Tarot. 

    En mi soledad compartía con él mi alma, y así encontré un amigo discreto que me aconsejaba día tras día y me sostenía incondicionalmente. 

    Quería compartir esta sabiduría con los demás y le echaba las cartas a quien tuviera el bonito detalle de confiar en mí. Practicaba todos los días a pesar de lo que decían los adultos : “te vas a obsesionar!!!”

    Un médium me dijo un día que nunca olvidaré que ese era mi don y mi camino, no se equivocó. 

    Tenía un mapa para explorar la vida pero aún así anhelaba tener un amigo más cercano pero que poco tuviera que ver con los humanos. 

    ¡Un familiar! Leí encantada el libro de Duendes de Jesús Callejo y sin duda alguna me decidí a conseguir un familiar. Había métodos horribles que incluían pactos o montones de estiércol y se me hacían imposibles de llevar a cabo. Pero había otro método… 

    Fui al bosque con un amigo de carne y hueso que dudaría de mi palabra cuando le conté lo que allí pude observar. 

    De nuevo estaba sola porque  había tenido una visión del Cermeño pero mi amigo humano no me creía. Ni siquiera mis lágrimas de emoción le convencieron. Pero yo no dudé de lo que había visto. Lo llamé y respondió. ¡Los duendes existían y yo había visto uno!

    Había visto lo que quería ver. La magia existía en todo su esplendor a pesar de no poder compartirla con casi nadie. La magia siempre tiene un precio y suele ser la soledad. Bendita soledad diría ahora a mis 42 años. Pero os estaría engañando si no reconociera que ese anhelo de compartir sigue viviendo en mí. Sobrevive a duras penas herido por tanto desengaño, pero al fin y al cabo  sigo echando las cartas, sigo dando clases, y seguiré orientando y ayundando, al menos mientras haya personas que de verdad lo necesiten. La soledad no es un castigo, es simplemente la moneda de cambio. No se puede tener todo…

    Creemos que nos relacionamos y lo más seguro es que seamos simples mónadas reproduciendo una realidad que solo nosotros percibimos. Pero la magia te ayuda a conectar, la telepatía te enseña que hay algo más, el trance te lleva a otros mundos y al final todo es un volver a empezar con el corazón lo más limpio posible. 

    Tardaría años en quitarme el luto gótico y liberarme de aquel disfraz que había construido para protegerme, pero eso ya es otra historia… y una de las buenas porque incluye setas, jajaja.

  • Rebeldía nata

    Desde el momento en el que salimos del útero y nos acoplamos a nuestra madre estamos arrojados al mundo desnudos en piel pero no en condicionamientos. La primera persona que marcará su influencia sobre nosotros será nuestra madre, las enfermeras, la familia, etc. Nos introducen en un hogar con sus reglas y su idiosincrasia, en una familia con una historia y unos patrones de comportamiento. En una guardería o un colegio y sufriremos con mayor o menor conciencia lo que significa estar sometido al Otro. 

    Todos los niños son en un principio de la Mano Izquierda. Cuando preguntan a sus padres por qué deben hacer algo impuesto y los padres dicen, “porque yo lo digo”, no cabe en la mente del niño hacer algo que realmente ni desea ni entiende. 

    Es el primer acto de querer entender el mundo sin someterse a unas leyes dictadas sin explicación ni razonamiento alguno. Muchos padres creen que un niño no puede comprender dicha explicación, que lo mejor es imponer el porque sí. Así es más fácil porque el niño se callará y obedecerá. No se dan cuenta de que están ayudando a forjar un rebelde. Del mismo modo actúan las religiones y los estados políticos. Imponen sus normas, unas muy loables que evitan que nos matemos unos a otros, pero otras no tan benévolas a la hora del desarrollo del espíritu humano. Y es ahí donde el Sendero de la Mano Izquierda se erige para orientar a todo aquel que quiere evolucionar frente a una masa social que mutila su intelecto y creatividad. 

    Cuando eres pequeño te rebelas porque no entiendes por qué tienes que ir al colegio si no quieres, sientes tu libertad natural violada. Y ahí nace la cucaracha de Kafka, todos los días el mismo proceso en el mismo lugar. Que sí que sí, que hay que aprender a leer y esas cosas pero vaya sistema de mierda de preparación y acondicionamiento para la vida adulta. Pasamos de las aulas a las oficinas, muchas veces para trabajar para alguien que no admiramos y que lo único que quiere es explotarnos y erigirse además como salvador. 

    Cuando era pequeña tenía una gran capacidad de análisis y de abstracción. Buscaba los por qués que me habían sido negados, el conocimiento secreto de todo lo que me rodeaba. 

    Me preguntaba qué era la realidad, eso que creo ver y sentir. Esa película virtual en la que participo sin haber solicitado la entrada, al menos yo no lo recuerdo… 

    El edificio, el barrio, el cielo, el planeta, dejaban de existir y yo me convertía en una conciencia flotante que no entendía nada y que sentía que ante ese horror del vacío lo único que podía hacer era repetir lo que todos los días y los demás humanos hacían: ir al colegio y comportarme de manera “normal”. 

    Tenía que fingir, la vida era una obra de teatro y yo me había dado cuenta de que éramos las marionetas en un bonito escenario, otras veces no tanto.

    Nada satisfacía mi búsqueda, solo aquella visión de una vida que llamaba a Dios y clamaba su ayuda. Ya fuera el Sol ya fuera el dios de los cristianos. Aún así, la Iglesia no me convencía. ¿Un señor mayor que preguntaba a los niños por sus pecados? Más bien tendría que ser al revés… 

    Obligada a hacer la comunión por un padre que buscaba su interés económico juré en falso en el altar cruzando los dedos, las piernas y todo miembro de mi cuerpo que pudiera doblar. 

    No entendía aquel ritual, aquella imposición, aquel teatro.

    La adolescencia llegó y con ella el impulso de descubrir mi propia espiritualidad. Y así fue como conocí a Lucifer, gracias a un viejo diccionario de Ciencias Ocultas que aún conservo con mucho cariño como un gran tesoro. 

    Aquella definición del Ángel que se rebeló por el Conocimiento llenó mi corazón y me dió fuerzas y esperanzas en una etapa difícil en la que cada mañana invocaría en secreto a mi nuevo padre espiritual para enfrentar las pruebas del día a día.